Esta leyenda, originaria de la región huasteca, es una advertencia sobre la importancia de respetar las tradiciones del Día de Muertos.
En ella se expresa la creencia de que las almas regresan cada año para convivir con sus familiares y que negarse a honrarlas puede provocar la ira del más allá.
Se cuenta que, en una ocasión, un hombre decidió no celebrar el Día de Muertos. Decía que era una pérdida de tiempo y de dinero, pues prefería trabajar su parcela antes que preparar ofrendas.
Mientras todos en el pueblo se reunían para recordar a sus difuntos, él se fue al campo con sus herramientas, decidido a no “malgastar” el día en ceremonias.
Mientras trabajaba, escuchó de pronto una voz que salía del monte: “Hijo, hijo, quiero comer unos tamales…”. Pensó que era su imaginación, pero poco después oyó más voces que lo llamaban por su nombre.
Eran las voces de su padre y de sus familiares fallecidos, que clamaban por las ofrendas que les había negado. Aterrorizado, dejó el trabajo y corrió de regreso a su casa.
Al llegar, pidió a su esposa que sacrificara unos guajolotes y preparara tamales para ofrecerlos en el altar familiar. Ella cocinó sin descanso, mientras el hombre, agotado, se acostó un momento.
Cuando la comida estuvo lista, la mujer fue a despertarlo… pero ya estaba muerto. Aunque había cumplido con lo que pedían sus familiares, estos habían decidido llevárselo consigo.
Desde entonces, los habitantes de la Huasteca creen que es un deber preparar ofrendas. Así, se disponen velas para iluminar el camino de las almas, se lanzan cohetes para espantar al demonio y se ofrece lo que más gustaba al difunto, incluso aguardiente.

