Se dice que antes de la llegada de los españoles existió un amor tan profundo que rompió las barreras del tiempo y el espacio. Se trataba de Xóchitl y Huitzilin, amigos desde las infancia.
Durante las tardes, les gustaba subir a la cima de una montaña a regalarle flores a Tonatiuh, el dios del sol.
Con el tiempo, sus juegos dieron paso al enamoramiento y una tarde se juraron amor eterno frente al dios que bendijo su unión.
Sin embargo, la tragedia llegó a su pueblo cuando comenzó una guerra y Huitzilin fue reclutado como soldado. Después de varios meses separados, Xóchitl se enteró de que su amado había muerto en el campo de batalla.
Desesperada y sumida en el más profundo dolor, se dirigió a la montaña y le pidió a Tonatiuh ayuda, pues no podía vivir sin Huitzilin y quería estar con él toda la eternidad. Conmovido, el dios decidió enviar un rayo que convirtió a la muchacha en una flor amarilla como el mismo sol.
Allí se posó un colibrí, que en realidad era Huitzilin. Cuando se tocaron, la flor se abrió y mostró sus veinte pétalos.
De este modo, la leyenda afirma que mientras exista la flor de cempasúchil y colibríes, el amor de Xóchitl y Huitzilin vivirá por siempre.

