Había una vez una mujer llamada Shindo, que quedó sola y muy triste tras la muerte de su marido, porque no habían conseguido tener descendencia.
Desde entonces tuvo que encargarse ella sola de la casa, los animales, los cultivos del huerto y la venta de hortalizas. Estaba realmente cansada, porque además vivía en una humilde casa en un poblado al pie del Kilimanjaro, en donde siempre hacía mucho frío.
Cada día Shindo rezaba y pedía el mismo deseo:
– ‘Si al menos tuviera hijos para no estar tan sola…’
Un día, sus ruegos tuvieron respuesta. Un misterioso hombre, vestido con ricos atuendos, llamó a su puerta y le dijo lo siguiente:
– Solo soy un mensajero. Me envía el espíritu de la Montaña en respuesta a tus ruegos: ten estas semillas de calabaza, son para ti. Siémbralas con mucho cuidado.
Sin poder reaccionar, la mujer sostuvo bien las semillas. El hombre desapareció y ella se quedó pensativa:
– ¿Para qué necesito yo unas semillas de calabaza? – se dijo.
Aún así, hizo caso a las palabras del mensajero y las sembró con mucho mimo y cuidado.
En solo una semana, y para sorpresa suya, las calabazas ya habían crecido, así que las cortó y las llevó a su casa. Les quitó la pulpa y las dejó huecas. Para que se secaran, las colgó de unas vigas de la casa.
– Cuando se sequen bien tal vez pueda venderlas en el mercado como cuencos- pensó la mujer- . Guardaré una para mí…
Y diciendo esto, puso una de las calabazas más cerca del fuego, para que pudiera secarse antes.
Al día siguiente, Shindo se fue a trabajar como de costumbre. Pero en cuanto ella abandonó la casa, ocurrió algo realmente increíble: a las calabazas comenzaron a crecerles brazos, piernas… ¡y cabeza! Las calabazas se transformaron en niños, niños que permanecían colgados de la viga. Todos, menos uno: la calabaza que Shindo había colocado para ella junto al fuego, también se había transformado en niño, pero permanecía muy quieto y sin moverse.
Los otros niños le gritaron desde la viga:
‘Kitete, ayúdanos.
Trabajaremos para nuestra madre.
¡Ayúdanos! ¡Eres nuestro hermano favorito!’
Kitete, que así se llamaba el niño que la mujer había escogido para ella, ayudó en seguida a bajar a sus hermanos. Entonces los niños salieron de la casa, brincando y cantando, y comenzaron a limpiar y a recoger todo. Todos, menos Kitete… Como había estado tan cerca del fuego, se había transformado en un niño débil.
Él permanecía sentado junto al fuego, pero miraba a sus hermanos con dulzura mientras sonreía.
Los niños entraron en la casa y empezaron a limpiarla. También alimentaron a los animales, cortaron leña y prepararon la comida para cuando Shindo regresara…
Y al terminar todo el trabajo, Kitete ayudó a sus hermanos a subir a la viga, en donde volvieron a transformarse en calabazas.
Cuando Shindo regresó del trabajo, sus vecinos y vecinas le preguntaron por los niños. Ella se quedó asombrada:
– ¿Qué niños?- preguntó.
– Los que estaban trabajando en tu casa- contestaron sus vecinos.
Shindo entró en la casa y contempló todo el trabajo hecho. Y no fue la única vez que ocurrió esto. Al día siguiente, pasó exactamente lo mismo: Shindo se marchó y los niños que colgaban de las vigas gritaron:
‘Kitete, ayúdanos.
Trabajaremos para nuestra madre.
¡Ayúdanos! ¡Eres nuestro hermano favorito!’
Los niños jugaron un rato y se pusieron a trabajar. Después, volvieron a convertirse en calabazas.
Shindo no podía creerlo, y quería ver qué sucedía, así que al día siguiente, hizo como que se iba pero se escondió cerca…Y entonces lo vio todo: vio cómo las calabazas se transformaban en niños, cómo pedían ayuda a su hermano:
‘Kitete, ayúdanos.
Trabajaremos para nuestra madre.
¡Ayúdanos! ¡Eres nuestro hermano favorito!’
Shindo vio cómo los niños comenzaban a limpiar toda la casa y cómo después volvían a subir a la viga.
Y entonces, Shindo entró en la casa llorando:
– No, ¡no os vayáis!– gritó Shindo- ¡¡Seréis los hijos que yo nunca pude tener!!
Y entonces los niños no se transformaron en calabazas. Y a Shindo le vino fenomenal, porque al fin tenía hijos y éstos además le ayudaban en todo. Todos…menos uno: Kitete. Kitete seguía junto a la hoguera, con su sonrisa tonta.
Shindo a veces perdía la paciencia y le decía cosas feas:
– ¡No sirves para nada! ¿Acaso no eres capaz de hacer nada? ¡Eres un niño inútil! ¿Por qué no puedes ser como tus hermanos? Y Kitete, solo sonreía…
Un día que Shendo preparaba una gran olla con la comida, tropezó con Kitete y se cayó toda la sopa con verdura, poniendo todo perdido…
– ¡Niño tonto! ¡Mira lo que has hecho! Normal… ¡no eres más que una calabaza tonta!
Y al decir esto, Kitete, se transformó de nuevo en calabaza. Y Shindo, con lágrimas en los ojos, sintió un dolor muy intenso en el pecho…
– Pero, ¿qué he hecho? Ay, ¡¡nooo!! ¡¡No quería decir eso!! ¡¡Oh, quiero a mis hijos!!
Entonces, los hermanos de Kitete comenzaron a subir a la viga y desde allí gritaron:
‘Kitete, ayúdanos.
Trabajaremos para nuestra madre.
¡Ayúdanos! ¡Eres nuestro hermano favorito!’
Y al rato, a la calabaza comenzaron a salirle de nuevo brazos, piernas, cabeza… ¡Era Kitete!
Shindo le abrazó y besó y juró no volver a tratarle mal. Desde entonces, cuidó a sus hijos con mucho amor, sobre todo a Kitete. Y ellos le dieron felicidad para siempre.
Este precioso cuento, originario de Tanzania, nos habla de maternidad, del amor hacia los hijos, del vínculo de unión entre hermanos y de aquellos niños que nacen diferentes y que son muy queridos por sus hermanos y sus padres gracias a la empatía y la tolerancia.
Ser diferente no es peor: Kitete nació diferente al resto de sus hermanos, y sin embargo, era necesario para ellos y les ayudaba siempre que podía. Kitete no podía hacer lo mismo que sus hermanos pero tenía algo muy especial: mucho amor. De hecho, su familia no tendría sentido sin él.
A veces no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos: La madre de Kitete no entendió esto hasta que vio que le perdía. En realidad era su hijo más amado porque es el que más le necesitaba.

