Cenicienta.

por chamlaty

Existió una vez un hombre muy rico casado con una mujer muy bondadosa. Pero la mujer murió, dejándole viudo y con una joven a su cargo. Así que el hombre no tardó en casarse de nuevo. Sin embargo, la mujer con la que contrajo matrimonio, a pesar de ser hermosa, era muy cruel y malvada.

Llegó la nueva mujer de este rico comerciante a la casa con dos hijas, tan malvadas como ella, que no tardaron en despojar a su nueva hermana de todos los privilegios. Decidieron que debía ser su sirvienta, así que la vistieron con harapos, la obligaron a hacer todas las tareas de la casa y le dijeron que debía dormir junto a la chimenea.

De esta forma, la pobre muchacha siempre estaba manchada de hollín, y sus hermanastras comenzaron a llamarla Cenicienta.

Un día, un mensajero real trajo una invitación para un baile: durante dos días el príncipe bailaría con todas las jóvenes del reino, con el objetivo de buscar esposa. Las hermanastras de Cenicienta se pusieron locas de alegría:

– ¡Invitadas al palacio con el príncipe! Oh… ya me veo entre sus brazos. El príncipe no podrá resistirse a mi belleza… – dijo con fanfarronería la hermana mayor.

– Ni lo sueñes, hermanita. Ya puedes ir saludando a la futura reina, que seré yo, sin duda. Mi elegancia supera con creces tu belleza. No tienes nada que hacer…

Mientras, Cenicienta las observaba en silencio, mientras ardía en deseos de que la dejaran a ella también ir a la fiesta.

– ¿Podré ir yo?- se atrevió a preguntar.

Y sus hermanastras rompieron el silencio con una terrible y sarcástica risa:

– ¡Ir al baile, dice Cenicienta! ¡Ja, ja, ja! ¿Y cómo irás vestida? ¿Con tus harapos?

– Ay, pobre, qué ilusa- añadió la otra hermana- Ni lo sueñes, querida. Tú tendrás que ayudarnos a vestir y a peinar. Y podrás disfrutar y llenarte de orgullo cuando una de nosotras se case con el príncipe.

La pobre Cenicienta rompió a llorar, y se refugió en el sótano, en donde intentó apaciguar su tristeza.

El día del primer baile, las hermanastras de Cenicienta la tuvieron muy ocupada todo el día: tenía que planchar sus hermosos vestidos, limpiar los zapatos, peinarlas, preparar las joyas… La pobre Cenicienta acabó agotada.

En el momento que partieron en carruaje junto a su malvada madre al palacio del príncipe, Cenicienta fue corriendo al sótano para llorar su desdicha. Pero de pronto, una luz, que nació de la oscuridad, comenzó a brillar más y más, hasta transformarse en una hermosa hada.

– No te asustes, Cenicienta, soy tu hada madrina, y vengo a ayudarte.

– Oh, hada madrina, me gustaría ir al baile del palacio, pero no puedo ir… No tengo vestido ni zapatos.

– Eso no es problema para mí- le dijo entonces el hada. Y, sosteniendo con delicadeza su varita mágica, convirtió con un toque los harapos de Cenicienta en un lujoso vestido de hilos de plata. Y sus pies de pronto se cubrieron con unos hermosos zapatitos plateados. Su pelo, recogido en lindos y pequeños lazos, resaltaban mucho más sus preciosos ojos.

El hada convirtió después a unos cuantos ratones que corrían por el sótano en caballos y a una calabaza en un precioso carruaje. Por último, una lagartija pasó a ser un elegante lacayo. Y así, Cenicienta se transformó de pronto en una hermosa doncella.

– Pero ten cuidado, Cenicienta- le advirtió entonces el hada madrina- Este hechizo finalizará a las 12 de la noche. Debes regresar antes a casa, no lo olvides.

– Sí, descuida, hada madrina, y muchas gracias por tu generosidad.

Y Cenicienta partió feliz en su espléndido carruaje.

El príncipe estaba cansado de saludar a todas las doncellas que habían acudido al primer baile. Todas le parecían iguales. Pero en el momento en el que la puerta se abrió y apareció Cenicienta, sintió que su corazón daba un brinco. No había visto a ninguna muchacha tan bella, con una expresión tan dulce y bondadosa.

Enseguida fue a buscarla y estuvieron bailando toda la noche. Pero Cenicienta recordó las palabras del hada madrina, y poco antes de las 12, se despidió del príncipe:

– Debo irme ya, lo siento mucho.

– Dime antes cómo te llamas- preguntó el príncipe.

– No puedo decirlo.

– ¿Vendrás mañana?

– Sí…

Y Cenicienta se subió a su carruaje y se alejó con el corazón lleno de amor y el deseo de regresar al día siguiente.

Las hermanastras y su madrastra no sospecharon nada, puesto que no la habían reconocido. Así, al día siguiente, volvieron a prepararse para el segundo baile. Cuando se fueron, Cenicienta volvió al sótano, en donde ya le estaba esperando su hada madrina:

– Hoy tengo algo especial para ti…- le dijo el hada a Cenicienta- Unos zapatitos de cristal.

Cenicienta se quedó realmente asombrada ante tal belleza. Además, estaban hechos a medida, así que eran perfectos y muy cómodos para ella.

Ya en el palacio, el príncipe se alegró mucho de volver a verla. Y se sentían tan bien juntos, que a Cenicienta se le olvidó por un instante que ya eran casi las doce de la noche. Al escuchar la primera campanada, salió corriendo, y sin querer, se dejó en la escalinata uno de los zapatos de cristal. El príncipe lo recogió y suspiró de emoción:

– ¡Lacayos, mañana mismo quiero que recorráis todos los palacios y viviendas de la comarca! Debo encontrar a la dueña de este zapato. Todas las mujeres deben probárselo. Si alguna es la propietaria del zapato, debéis acompañarla al palacio.

Los mensajeros del príncipe recorrieron todo el reino en busca de la dueña del zapatito de cristal, pero no la encontraban, así que el príncipe, desesperado, se ofreció voluntario para ir él mismo a las últimas viviendas que quedaban. Entre ellas, la de Cenicienta.

Cuando el príncipe llegó a la casa de Cenicienta, ella estaba vestida de harapos, limpiando el sótano. Sus hermanastras hicieron todo lo posible por introducir el pie en el zapato, pero sus pies eran demasiado grandes, y a pesar de que intentaban encoger los dedos, no podían soportar el dolor.

– ¿Y no vive nadie más en esta casa?- preguntó entonces el príncipe.

– No, nadie más- dijo la madrastra de Cenicienta.

– Bueno… – dijo entonces el padre de la chica- Yo tengo una hija de mi anterior matrimonio, pero no puede ser ella la joven que buscáis, porque está muy sucia…

– Eso lo tendré que decidir yo. Digan que venga, por favor- dijo el príncipe.

Cenicienta subió desde el sótano y se sentó. Entonces, se calzó sin problema el zapato de cristal, y sacó del bolsillo de su delantal el otro zapato. Las hermanastras de Cenicienta casi se desmayan por los celos. El padre de la chica no salía de su asombro, y el príncipe reconoció de inmediato a la bella joven que le había cautivado.

Cenicienta se casó a los pocos días con el príncipe y su vida cambió para siempre. Y, como era tan buena, decidió perdonar a sus hermanastras y a su madrastra, permitiéndolas vivir en la corte.

El bien triunfa sobre el mal: Mientras que Cenicienta representa la bondad y la humildad, sus hermanastras y su madrastra encarnan las emociones más negativas, todo lo que se acerca a la maldad, como son la envidia o la vanidad. Y, a pesar de que al principio parece que todo le va muy bien a las que se aprovechan de Cenicienta, al final terminan perdiendo su particular batalla por la mano del príncipe.

La bondad no entiende de rencor: Llama mucho la atención que en las dos versiones del cuento de Cenicienta, la muchacha decide perdonar a su familia, a pesar de que le habían tratado tan mal. Si bien es cierto que en el cuento de los hermanos Grimm, existe un pequeño ‘resquicio’ de justicia, ya que la familia debe emigrar por la mala fama que se extendió sobre sus malos comportamientos.

El triunfo del amor: En este cuento también se esconde una historia de amor. El príncipe busca a su amada y no se da por vencido hasta encontrarla. El amor es perseverancia y al final, si es verdadero, consigue lo que se propone.

 

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