Una mamá de tordo cuidaba con esmero a sus cuatro polluelos, que vivían muy cómodos en el nido. Su mamá les vigilaba para que no les pasara nada y les llevaba a diario suculentas frutas del bosque y algún que otro insecto.
Sin embargo, el polluelo más grande siempre estaba insatisfecho:
– Siempre nos traes la misma comida… y no nos dejas revolotear por ahí. ¡No es justo! Yo quiero probar otros frutos y ver mundo- decía el polluelo muy enfadado.
– Cuando seas más mayor- respondía paciente su madre- Podrás buscar tu propia comida y un lugar donde vivir. Pero debes tener mucho cuidado, hijo mío, porque el mundo no es tan mullido y pacífico como este nido. Hay muchos peligros ahí fuera.
El polluelo estaba cansado de oír las charlas de su mamá, y solo deseaba crecer para poder salir del nido.
El polluelo creció y al fin su madre le permitió abandonar el nido. Con mucha pena, eso sí, y sin dejar de advertirle que tuviera cuidado.
– No te preocupes, mamá, que ya soy mayorcito…
El Tordo voló feliz y llegó hasta un arbusto en donde había muchísimas bayas moradas… ¡Eran bayas de mirto! El pájaro las probó y le parecieron deliciosas.
– ¡Qué ricas!- se relamía el tordo- Mañana volveré a por más.
Y así hizo el pájaro, quien iba al árbol de las bayas todos los días atraído por la dulzura de los frutos.
Pero tras el árbol observaba un cazador de pájaros, que decidió apresarlo tendiendo una trampa: untó con pegamento las ramas del árbol, y al día siguiente, cuando el pájaro se posó para comer más bayas, se quedó pegado.
El cazador aprovechó para atraparlo, mientras el pájaro pensaba en los consejos de su madre… y en el terrible error de haber sido tan goloso.
Moraleja: «Si te dejas llevar por un impulso, tal vez caigas en un terrible error que lamentarás más tarde».
(‘El tordo goloso’ – Esopo)
Por qué debemos ser precavidos en todo momento: Si el tordo hubiera tenido más cuidado, tal vez no hubiera terminado en las manos del cazador. Tal vez podía haber buscado más árboles o vigilar por si había alguien alrededor. Pero el tordo estaba tan cegado por el deseo de comer las bayas dulces, que ni se percató de que había un cazador cerca. Su impulsividad anuló el sentido de la prudencia. Gran error.
No quieras crecer antes de tiempo: Solo cuando estés preparado… y teniendo en cuenta de que tendrás que sortear muchos peligros. El tordo estaba impaciente por lanzarse al mundo, y en cuanto su madre le dejó, salió volando. Pero en lugar de tener cuidado, se lanzó a lo loco y se dejó llevar por la emoción.
Escucha la voz de la experiencia: La madre del tordo le advirtió de lo que iba a encontrar fuera del nido. El pájaro hacía que lo escuchaba, pero en realidad no asimilaba nada de lo que su madre le contaba. Prefería vivir su vida y descubrir los peligros por sí mismo.
«Escucha siempre la voz de la experiencia.»

