El Principito partió de su querido planeta, apenado, pero con ilusión por descubrir nuevos mundos. Cerca de su asteroide, encontró un planeta minúsculo gobernado por un rey. De hecho, el rey era el único habitante del planeta. Estaba sentado sobre un trono y vestía una larguísima capa de armiño. Sobre su cabeza, tenía una enorme corona.
El rey se alegró mucho de ver al Principito:
– ¡Qué bien! ¡Un súbdito!- le dijo.
El Principito no entendió muy bien cómo es que sabía que era un súbdito, si no le conocía.
– ¿Y cómo sabes que soy un súbdito?- preguntó él mientras bostezaba. Estaba muy cansado por el viaje.
– Aquí todos son súbditos míos. Para eso soy el rey. Y no bosteces. Te prohíbo bostezar.
– Pero tengo sueño.
– Ah, pues entonces… ¡bosteza! ¡Te ordeno bostezar! Para mí es una curiosidad, porque hace mucho que no veo a nadie bostezar…
– Pero si me lo pides, no puedo bostezar…
– Bueno, pues te ordeno bostezar y no bostezar- dijo resuelto el rey.
Estaba claro que aquel rey era un rey muy bueno. Daba órdenes, pero razonables.
– Si ordeno a un general que se transforme en ave marina y no obedece, no será culpa del general, sino mía. Debo dar órdenes razonables, que se puedan cumplir…
– ¿Y sobre quién gobiernas?- preguntó entonces el Principito.
– Sobre todos.
– No hay nadie más…
– Sobre todo lo demás.
– ¿También las estrellas y el sol?
– ¡Claro!
Al Principito le pareció maravilloso poder dar órdenes y que te obedecieran. No era un monarca absoluto, era un monarca universal. ¡Era un gran poder! Y pensó con nostalgia en su planeta abandonado y en las puestas de sol.
– ¿Puedes ordenar que se ponga el sol?
– Bueno, sí, podría, pero dentro de un orden. Ordenaré al sol ponerse dentro de un rato… sobre las 7.40 más o menos.
El Principito empezaba a cansarse.
– Creo que partiré- dijo entonces el Principito.
– No, espera, quédate. Te nombraré ministro de justicia.
– ¿Y a quién juzgaré? No hay nadie…
– Nunca se sabe. Puedes juzgarte a ti mismo. Es más difícil que juzgar a otros. Solo los sabios saben juzgarse a sí mismos.
– Yo me juzgo en cualquier sitio, no tengo que estar aquí.
– Bueno, pues puedes juzgar a un ratón que viene de vez en cuando. Le puedes condenar a muerte y luego le absuelves… solo tenemos un ratón y hay que conservarlo.
– No me gusta condenar a muerte. Será mejor que me vaya.
Y diciendo esto, el Principito se alejó, mientras escuchaba al monarca decir:
– ¡Te nombro primer ministro!
Estaba claro que los mayores eran muy raros.
No sirve de nada dar órdenes sin sentido: El rey de este planeta minúsculo no tenía ningún súbdito a quien ordenar nada. Era ridículo que en un planeta en donde solo existe una persona, fuera rey. El Principito llega a pensar que es un personaje surrealista, que intenta ser alguien que además no es, que intenta dar órdenes que cambia de inmediato…
¿Para qué dar órdenes autoritarias?: Al final, el rey nunca daba órdenes absolutas, sino que daba órdenes en función de lo que podían hacer unos u otros. Es decir, que era un ‘paripé’ y que en realidad no daba ningún tipo de orden, porque no hacía falta. ¿Para qué mostrarse autoritario cuando no hay necesidad de ello?
«A menudo nos ‘inventamos’ tareas sin sentido, solo por ‘la imagen’ ante los demás. Sin embargo, son tareas que no cambian nada y solo nos hacen perder el tiempo»
La obsesión de aparentar ante los demás poder: Un rey que no gobierna pero que aparenta. Muchos mayores también buscan aparentar (pensará el Principito) cosas que no son, por el simple hecho de dar una imagen poderosa ante los demás. A muchos les importa más el qué pensarán los demás a cómo son ellos en realidad. Se preocupan más del exterior que del interior.
«Muchas veces nos obsesionamos con aparentar cosas que no somos, con tal de construir una imagen ‘poderosa’ ante los demás»

