La bola de cristal y el castillo del sol de oro.

por chamlaty

Hace mucho tiempo, existió una hechicera que tenía tres hijos varones. Los tres hermanos se adoraban, y tenían muchas virtudes. Pero su madre comenzó a temer que quisieran arrebatarle algún día su poder. Así que decidió transformar al hijo mayor en águila. Se fue volando hasta lo más alto de la cima de una montaña, y solo podía recuperar su forma humana durante dos horas al día. Alguna vez dejaba ver su elegante vuelo cerca de su casa.

Al segundo de sus hijos, la hechicera le transformó en ballena, y se vio condenado a vivir en las profundidades del océano. Como su hermano mayor, a veces acudía a la costa para contemplar la aldea de su familia. Añoraba sobre todo la amistad con sus hermanos. Solo volvía durante dos horas al día a su cuerpo anterior.

El hijo pequeño, al ver lo que había pasado con sus otros dos hermanos, decidió escapar antes de que su madre le transformara en alimaña, oso, búho o lobo…

Recordó que en ese mismo reino se escondía un castillo gobernado por un brujo, el castillo del Sol de Oro. Tenía este brujo encerrada en una habitación del castillo a una princesa. Todos decían que era la joven más hermosa del reino. Pero no era fácil romper el hechizo que la mantenía allí encerrada. Muchos otros jóvenes ya lo habían intentado y habían muerto en el intento. Solo quedaba una oportunidad, y él no pensaba desaprovecharla.

Partió en busca del castillo misterioso, pero a mitad de camino, en medio del bosque, se encontró con dos gigantes que discutían por un viejo sombrero.

– ¡Es mío!- gritaba uno tirando de un ala del sombrero.

– Te digo que yo lo vi antes- Resoplaba el otro gigante, tirando del otro lado del sombrero.

Entonces, el joven decidió intervenir.

– ¡Haya paz, amigos! ¿Por qué discutís por un viejo sombrero?

– Los humanos solo veis las apariencias… Será viejo, pero debes saber que este sombrero es mágico, y te lleva allá donde quieras al instante- dijo uno de los gigantes.

– Tal vez este humano pueda decidir de quién es el sombrero. Nosotros, que tenemos la misma fuerza, no conseguiremos nunca imponernos uno al otro…

– Buena idea- respondió el otro gigante.

– Está bien. Me adelantaré unos pasos con el sombrero, y empezaré a correr. El primero que me atrape, se lo quedará.

Los gigantes estuvieron de acuerdo, y el joven se alejó un poco, pero de pronto recordó a la princesa, y sin pensar, se puso el sombrero y suspiró:

– ‘Ojalá estuviera ya mismo en el castillo del Sol de Oro’. Y… ¡zas!, como por arte de magia, el joven se encontró de repente frente a la fastuosa puerta de oro de un inmenso y lujoso castillo, en lo más alto de una montaña.

– Vaya, pues tenían razón los gigantes… – pensó mientras se adentraba en el castillo.

Recorrió muchas habitaciones, y ya en la última, encontró a la princesa, sentada en una silla y frente a un espejo. No era como él imaginaba: tenía la piel cenicienta, su frente estaba llena de arrugas, y sus ojos eran tristes.

– ‘¿De verdad esta es la princesa tan hermosa de la que todos hablaban?’- pensó para sus adentros.

– Sé lo que estáis pensando- dijo entonces la princesa. – Pero eso es porque tus ojos solo ven las apariencias… Estoy embrujada, y por eso me ves así. El espejo, que no miente, te mostrará mi verdadero aspecto.

El joven miró entonces al espejo y vio la figura y el rostro más hermoso que había visto jamás.

– ¿Y cómo puedo ayudarte, princesa?- preguntó entonces.

– Es difícil, muy difícil… Ya lo intentaron muchos antes… Tienes que bajar esta montaña y vencer a un feroz bisonte que encontrarás al pie de la colina. Si consigues darle muerte, se transformará en un pájaro de fuego con un huevo en su interior. Este huevo contiene la bola de cristal que debes entregarle al brujo de este castillo para arrebatarle su poder. Pero el huevo, al caer, originará un incendio, y si no consigues dar con la bola de cristal a tiempo, se derretirá…

El joven pensó que debía intentarlo, y no perdió tiempo. Bajó la montaña y efectivamente, encontró al bisonte enfurecido. Después de una dura batalla, consiguió vencerle. Y al morir, el animal se transformó en un pájaro de fuego que alzó el vuelo.

Entonces un águila, que resultó ser el hermano mayor del joven, se lanzó a por el pájaro de fuego, y a picotazos, le llevó hasta el mar. Allí fue donde el pájaro lanzó su huevo. Cayó junto a una cabaña, y en cuanto empezó a arder, el hermano mediano del joven, convertido en ballena, resopló y lanzó una enorme ola de agua para apagarlo. Entonces, el joven se acercó y pudo rescatar la bola de cristal. La llevó corriendo de vuelta al castillo del Sol de Oro. Allí esperaba el brujo, que sorprendido, no tuvo otra que ofrecerle todo su poder al vencedor.

– No sé cómo has podido conseguirlo, pero sin duda, eres merecedor de todo el poder. Ahora puedes romper el hechizo que pesa sobre la princesa y también sobre tus hermanos.

No tardó ni un minuto el joven en devolver a todos su aspecto original. Desde entonces, pudo vivir con la princesa y sus hermanos en ese lujoso castillo, y todos fueron muy, muy felices.

Todos para uno: En este cuento, ‘La bola de cristal’, llama la atención el vínculo que une a los tres hermanos, y que implica valores como generosidad, solidaridad y cooperación. A pesar de que dos de ellos fueron transformados por su propia madre en animales, no dejan de mantener la unión que tenían antes. Es más, buscan ayudar al hermano menor para que él al menos pueda conquistar sus sueños y librarse del hechizo de su madre. Todo un ejemplo de amor filial, que no entiende de comparaciones, celos o competiciones.

Ver más allá de las apariencias: Por dos veces, el cuento ‘La bola de cristal’, nos recuerda que debemos mirar más allá de las apariencias. La primera es acerca del sombrero viejo. Aunque aparentemente es un sombrero feo y gastado, encierra un poder que dará al joven la oportunidad de encontrar y alcanzar el principio de su meta. Y después nos muestran a una princesa encantada cuyo aspecto oculta su yo verdadero. No te fíes por tanto de lo que ves. Lo importante siempre se encuentra en el interior, en lo que ese aspecto encierra.

«Nunca te fíes de lo que veas. Lo importante siempre se encuentra en el interior»

 

HERMANOS GRIMM

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