Tras una dura batalla de Don Quijote con un escudero vizcaíno, caballero andante y escudero se fueron por un camino en busca de morada y un lugar en donde Don Quijote pudiera curarse una herida en una oreja.
No encontraron sin embargo ningún lugar, hasta que vieron a lo lejos a un grupo de cabreros que estaban preparándose la cena. Se acercaron a ellos y fueron bien recibidos:
– Preparamos un asado y tenemos buen vino al que invitaros- dijo muy amable uno de los cabreros.
– A fe mía que no encontraremos mejor lugar en donde descansar- respondió Don Quijote.
Y así fue cómo Don Quijote y Sancho Panza se sentaron junto a ellos, alrededor de una fogata, y comenzaron a comer y a escuchar sus interesantes historias.
Después de que uno de los cabreros fuera a por hojas de romero para curar la herida de Don Quijote, el caballero andante les preguntó:
– ¿Y a dónde os dirigís, buenos hombres?
– Ah, pues al entierro del desdichado de Grisóstomo, un pastor de la zona que murió joven por un mal de amores.
– ¿Y eso cómo ha sido?- preguntó con curiosidad Don Quijote.
Entonces, todos se volvieron a sentar para narrar la historia.
– Verá, le contaremos lo poco que sabemos del pobre zagal, buen estudiante y mejor persona, que volvió de Salamanca de estudiar y a su regreso se encontró con el peor de sus enemigos: el amor.
– Sí, así es- siguió hablando otro cabreo- Hace unos treinta años que nacieron los dos desdichados: el pastor y su asesina… Ambos nacieron en familias pudientes, dedicadas a la ganadería. La madre de Marcela murió al dar a luz. Era la más hermosa de las mujeres del lugar y su hija heredó y superó con creces su belleza. Pero el padre murió de pena al poco tiempo, y la muchacha quedó al cuidado de un tío suyo, que es cura.
– Por su parte- continuó otro cabrero-, Grisóstomo se fue pronto a estudiar a Salamanca, y regresó por la muerte de su padre, ya culto y más sabio, con conocimientos increíbles sobre la agricultura y el tiempo… Pero un día, subió con su amigo Ambrosio, también pastor, hasta la fuente, y allí se encontró con su verdugo: la bella Marcela, que acudía con sus amigas pastoras.
El cabrero hizo aquí una pausa no exenta de tristeza y siguió hablando:
– El pobre Grisóstomo quedó prendado de su belleza, como muchos otros antes, porque Marcela era tan hermosa que tenía a todos los jóvenes del lugar detrás de ella.
Su tío le había preguntado muchas veces si alguno de esos pretendientes le gustaba, pero ella siempre decía que no pretendía casarse ni quería amores. De hecho, Marcela era muy brusca con todos ellos, y no dudaba en romperles el corazón con su sinceridad. Lo mismo que le pasó al pobre de Grisóstomo, quien no paró de insistir y de manifestar a Marcelo lo enamorado que estaba, hasta que el pobre pastor murió de pena… Y todo por culpa de la ingrata de Marcela.
Mañana iremos todos al entierro, que será en el mismo lugar en donde descubrió el joven la belleza de la pastora por vez primera.
– Qué interesante historia- dijo entonces Don Quijote- Mañana iremos con vosotros. No me perdería esto por nada del mundo.
Con las primeras luces de la mañana, todos se pusieron en marcha. Por el camino se les fueron uniendo muchos más pastores que también iban al entierro.
Al llegar al cerro, vieron acercarse a un grupo de pastores, con el famoso Ambrosio en cabeza. Era el mejor amigo del fallecido. Detrás llevaban el ataúd con numerosos papeles encima.
– ¿Qué son esas hojas- Preguntó Don Quijote a Ambrosio.
– Son los últimos escritos de Grisóstomo, sobre el dolor que le producía el amor por Marcela, los celos que nacían de él y la angustia por no poder librarse de ese sentimiento.
Todos estaban de acuerdo en la culpabilidad de Marcela en la muerte del joven pastor. Todos hablaban en contra de ella, cuando de pronto, apareció la pastora, para sorpresa de todos y se acercó hasta ellos.
– ¿Qué haces aquí?- dijo enfadado Ambrosio- ¿No has hecho ya bastante? ¿No mataste ya a nuestro querido Grisóstomo?
– Vengo a contaros por qué estáis equivocados y a defender mi honra y mi verdad. Yo no maté a vuestro amigo, sino que se mató él solo. Yo no avivé en él el amor. Ni tengo la culpa de que se enamorara. La vida me hizo hermosa, y no soy culpable por ello. Yo dejé claro a todos desde el principio que no quiero compartir mi hermosura con nadie, que quiero estar sola. Y así se lo dije a vuestro amigo desde el principio. Y por más que yo se lo repetía, él no se daba por vencido.
¿Qué culpa tengo yo de ser amada y no amar a quien me ama? ¿Acaso debo estar obligada a corresponder al que me ama? Si le hubiera engañado con falsas ilusiones… si le hubiera mentido, entonces sí habría sido culpable. Pero nunca lo hice. Y ese ahora decís que es mi delito: decir la verdad, ser libre. Ese es mi delito.
Y diciendo esto, Marcela dio la vuelta y se alejó lentamente, mientras que todos la miraban con ganas de seguirla, hasta que Don Quijote se puso en medio del camino y dijo:
– Ni se os ocurra dar ni un solo paso. La muchacha ha dicho la verdad. Su corazón es noble y no tiene mayor culpa de no amar a quien le ama. Terminen pues con el entierro de un pobre enamorado que no supo digerir el veneno del desamor.
Y los pastores terminaron con el entierro del pobre Grisóstomo.
No hay batalla más dura que la del amor: En esta aventura, Don Quijote no se enfrenta a ningún enemigo físico, pero sí presencia la peor y más dura de las batallas: la del amor no correspondido. Una batalla en donde además hay una víctima. Pero la batalla no era entre el pastor Grisóstomo y la pastora Marcela, sino entre el desdichado pastor y el sentimiento de frustración por el amor no correspondido.
El amor no se divide ni se vende: La pastora Marcela explicó muy bien a todos que el amor no puede dividirse ni tampoco venderse al mejor postor. El amor se siente o no se siente. No se puede inventar. Es un sentimiento y como tal, debe ser puro y nacer del corazón. De lo contrario, tarde o temprano se quitará la máscara y su engaño saldrá a la luz.
No es culpa del ser amado el dolor del que sufre desamor: Cuando alguien se enamora y no es correspondido, sufre, y sufre mucho, pero no puede culpar al que no le corresponde, pues no es culpable de no sentir el mismo amor. Los enamorados tienden a culpar a la otra persona de ingrata cuando no le corresponden, pero en realidad no existe ningún culpable. La pastora Marcela, por lo tanto, no fue culpable de la desgracia de Grisóstomo.
«La desgracia del que ama sin ser correspondido no es culpa del ser amado»

