
Cuentan que un hombre que era atleta partió de un pueblo para competir en las olimpiadas en una ciudad lejana. Todos le conocían y sabían que era endeble y débil.
Pero cuando este hombre regresó, comenzó a contar a todos sus grandes hazañas:
– ¡Teníais que haberme visto en Rodas! Di un salto tan grande que todos me ovacionaron con fuerza. Un salto que jamás ningún otro atleta había conseguido dar jamás. Las gradas se pusieron en pie y comenzaron a gritar mi nombre. Fue algo muy emocionante. Me colmaron a felicitaciones.
El hombre añadió además que tenía testigos en Rodas por si alguien los pedía…
– Oye amigo- dijo de pronto uno de los oyentes- Nosotros no necesitamos testigos. Esto es Rodas. Da ese salto aquí y te creeremos.
Moraleja: «Si no puedes probar lo que estás diciendo, es como si no dijeras nada»
Cuidado con la fanfarronería. Intentar presumir de algo (se tenga o no) no está bien visto por los demás, así que si lo que intentas es buscar la aceptación de otros, opta por reconocer tus habilidades sin presumir de ello. La vanidad es un síntoma de prepotencia y a la vez de falta de autoestima. Alguien que se valora y se quiere, no necesita demostrar nada delante de otros.
Cuando se pilla a un mentiroso. Está claro que el atleta estaba mintiendo y el resto de vecinos lo sabía. Le habían visto entrenar y eran conscientes de que no era el mejor atleta del mundo. ¿Cómo era posible que ganara una medalla en las olimpiadas y presumiera así de tal hazaña? Cuando le pidieron que demostrara el salto que había dado en Rodas, no pudo responder, porque acababan de descubrir su mentira.
La moraleja por lo tanto es clara: no inventes nada que no puedas después demostrar, porque al final la mentira va a terminar saliendo a la luz y los demás dejarán de creer en ti o lo que es peor, de respetarte. Las mentiras generan el rechazo y la desconfianza de los demás.
