Zapatillas rojas.

por chamlaty

Había una vez una niña llamada Karen, que vivía en un humilde hogar. Su familia era tan pobre, que no tenían para comprarle zapatos, y una anciana que vivía cerca, le hizo como pudo unos zapatos, aprovechando unas tiras de tela roja que tenía en casa.

No eran muy bonitos, pero a Karen le encantó ese par de zapatos. Los recibió justo el día en que falleció su madre, y como no tenía otros zapatos, los llevó al funeral.

A la salida, una anciana muy adinerada pasó junto a ella y se fijó en los horribles zapatos que llevaba.

– Por favor- dijo la anciana- dejad que me quede al cuidado de esta niña.

La mujer decidió encargarse de la niña, pero tiró los zapatos que llevaba al fuego y le prohibió ponerse nunca más unos zapatos rojos.

– No son adecuados- le dijo.

En realidad, era la única norma que le impuso.

Sin embargo, le compró vestidos y más zapatos, y tiempo después, preparó una ceremonia para su confirmación.

La anciana ya casi no veía, y la niña, al entrar en una zapatería para buscar unos zapatos nuevos para la ceremonia, le engañó y escogió unas zapatillas rojas de baile, diciendo que eran unos zapatos de charol. La mujer se lo creyó, y las compró.

El día de la ceremonia, Karen acudió con sus zapatillas de baile rojas y todos se dieron cuenta. Se lo dijeron a la anciana, quien se entristeció mucho:

– Karen, me has desobedecido. Debes saber que los caprichos y la vanidad no te llevarán por buen camino. Por favor, no te vuelvas a poner esas zapatillas rojas.

Pero la niña volvió a desobedecer una y otra vez… Y un día, antes de entrar en la iglesia, un soldado muy anciano que limpiaba zapatos en la calle les preguntó que si querían limpiar los suyos.

– Yo los míos sí- dijo la niña.

El hombre tocó la suela de las zapatillas y dijo:

– ¡Vaya zapatillas rojas tan bonitas!

Karen de pronto comenzó a bailar y a bailar sin parar, hasta que se quitó las zapatillas ya en su casa. Pero no podía dejar de mirarlas. ¡Deseaba tanto ponérselas y seguir bailando!

Esa misma noche los príncipes habían organizado una fiesta a la que Karen quería ir con sus zapatillas. Pero la anciana enfermó. A ella no pareció importarle, y se puso sus zapatillas para ir al baile. Sin embargo, esta vez, las zapatillas no le obedecían, y le llevaban donde ellas querían, de un lado a otro, sin parar.

Y así estuvo bailando Karen varios días, y uno de ellos, se encontró de nuevo con el soldado que limpió sus zapatos, y al verla volvió a decir.

– ¡Qué zapatos rojos tan bonitos!

Karen estaba agotada… no podía detenerse. En todo ese tiempo, Karen recordó cómo había engañado a su benefactora en la tienda, cómo un capricho le hizo ponerse las zapatillas rojas el día de la confirmación… y cómo la vanidad le empujó a volver a ponérselas a pesar de la advertencia de la mujer que le cuidaba.

Estaba realmente arrepentida, pero no sabía a quién pedir ayuda para detenerse. Así que decidió acudir a un herrero que vivía en las afueras. Al verle, dijo:

– Por favor, herrero, ayúdame.

– ¿Y cómo?- respondió él extrañado.

– Necesito que me cortes los pies para dejar de bailar…

El anciano era en realidad el mismo soldado que había hechizado sus zapatos. Al ver que la niña estaba tan arrepentida, se agachó y tocó sus zapatos.

– ¡Qué zapatos rojos tan bonitos!- dijo.

La niña se dio cuenta de quién era, y sus pies pararon de golpe. Karen al fin pudo quitarse las zapatillas. Las encerró en una urna de cristal para no olvidar jamás los errores que había cometido.

Los caprichos nos conducen a otro tipo de conductas negativas: En ‘Las zapatillas rojas’, Karen deseaba con todas sus fuerzas tener unas zapatillas de baile, pero en lugar de conformarse con lo que tenía, decidió mentir y engañar a la mujer que le cuidaba para salirse con la suya. Pero no fue lo único que hizo mal… Tras el capricho, y una vez que tenía lo que deseaba, llegó la vanidad.

La vanidad nos hace soberbios y prepotentes: Al tener al fin sus zapatillas rojas, Karen se sentía con facultades suficientes para hacer lo que quisiera, siguiendo sus instintos caprichosos. Así, desobedeció a su segunda madre y fue a la ceremonia de confirmación como ella quería, y no como le dijo ella que fuera. Y prefirió irse al baile en lugar de quedarse al cuidado de la mujer enferma.

Los caprichos y la vanidad suelen traer malas consecuencias: Al final, Karen tuvo su castigo por haberse dejado llevar por el capricho y la vanidad. ¿No le gustaba bailar? ¡Pues a bailar sin parar! Y fue entonces cuando realmente se dio cuenta de todo lo que había hecho mal.

El arrepentimiento como un sentimiento liberador: Lo que en realidad liberó a Karen de su tortura y sus remordimientos fue el arrepentimiento, un arrepentimiento sincero y consciente. Eso implica no volver a caer en los mismos errores, es decir, cambiar la vanidad por humildad.

«Reconocer un error y arrepentirnos es un acto liberador»

 

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