Soldadito de plomo.

por chamlaty

Un niño recibió un día un regalo de cumpleaños muy especial: una caja con 25 soldaditos de plomo. Al pequeño le encantaba jugar a las batallas con sus soldados. Pero uno de ellos tenía una tara: le faltaba una pierna. El pequeño pensó que tal vez se les terminó el plomo cuando estaban haciéndolos. Y sin embargo, ese soldadito sin pierna, erguido y con la bayoneta preparada, era el favorito del niño.

El pequeño era muy feliz: además de los soldaditos de plomo, tenía un castillo de cartón que parecía de verdad, y lo usaba para librar heroicas batallas. Para ello, también había colocado en el castillo a una bella dama que los soldados debían rescatar: una bailarina de papel. La hermosa bailarina tenía una lentejuela azul muy brillante junto al hombro.

La bailarina se apoyaba con sutileza sobre un pie y mantenía levantada hacia atrás la otra pierna, escondida bajo una preciosa falda de tul. El soldadito, al verla, pensó que también le faltaba una pierna, y se enamoró enseguida de ella.

El niño era muy ordenado, y cada noche, antes de dormir, recogía todos sus juguetes. Los soldaditos los guardaba con mucho esmero en la caja, colocando el último a su soldado favorito; La bailarina volvía a su estantería, y el castillo cerraba sus puertas.

Pero por la noche, cuando el niño dormía, los juguetes salían de sus cajas y cobraban vida. La bailarina llegaba dando vueltas hasta el castillo; los soldaditos comenzaban a librar una batalla; y el soldadito sin pierna le decía una y otra vez a la bailarina lo mucho que la quería, a pesar de que un malvado y celoso duende de una caja de música intentaba impedir por todos los medios que la pareja se acercara.

Y antes de que amaneciera, con la primera luz del alba, todos volvían a sus sitios, como si nada hubiera pasado. Menos un día, que el soldadito de plomo tullido, tan enamorado que estaba, se olvidó de volver a su caja, y se quedó en el castillo, mirando embelesado a su amada.

Ese día, el niño, al ver al soldadito y a la bailarina en el castillo, pensó que habría sido un descuido suyo. Así que colocó a la bailarina en su lugar, pero dejó al soldadito en el alféizar de la ventana, ya que después de desayunar iba a jugar con él. Pero ese día llovía y hacía viento, y una ráfaga de aire tiró al soldadito a la calle. Y aunque el niño bajó corriendo a buscarlo, ya no le vio.

El soldado de plomo había quedado escondido a ras del bordillo, y un pequeño riachuelo de agua creado por la lluvia, comenzaba a bajar por la calle.

Unos niños vieron al soldado, y le hicieron un barquito de papel. Ya en el barquito, le lanzaron por la corriente de agua que circulaba junto al bordillo, y el soldadito navegó hasta caer por la alcantarilla.

Las cosas se ponían feas: bajo la alcantarilla todo estaba muy oscuro. Hacía frío y olía fatal. Había ratas y el soldadito tuvo que luchar contra ellas. No le importaba: la imagen de su amada bailarina le daba fuerzas para seguir con vida. ‘Volveré a buscarte’, se repetía una y otra vez el pequeño soldado de plomo.

Pero de la alcantarilla, terminó en el río, y al hundirse sin remedio, un enorme pez se lo tragó.

Sin embargo, el destino quiso que la cocinera de la familia del pequeño comprara al día siguiente en el mercado el pez que se había tragado al soldadito de plomo. Cuando iba a cocinarlo, al abrirlo, encontró el juguete en la barriga del pez.

¡Qué contento se puso el niño al verlo! ¡Y más aún la bailarina, que observaba desde la torre del castillo!

Pero poco después, otro de los niños de la casa al tomar en sus manos el soldadito, dijo:

– ¡Puag! ¡Qué mal huele! ¡Y qué estropeado está!- dijo el pequeño.

Entonces, agarró con fuerza al soldado tullido y lo lanzó a la chimenea, bajo la aterrorizada mirada de la bailarina, que veía cómo el soldadito de plomo se fundía poco a poco sin remedio. Así que, dando un gran salto y haciendo una graciosa pirueta en el aire, la bailarina aterrizó junto al soldadito y decidió terminar junto a él, abrazada, fundiéndose ambos con el plomo.

Al día siguiente, la sirvienta al remover las cenizas de la chimenea, descubrió un corazón de plomo con una preciosa lentejuela azul incrustada en él que ya nunca más nadie pudo separar.

Las diferencias no tienen por qué ser discapacidades: El soldadito de plomo está tullido, y sin embargo, lucha como el resto de sus compañeros, siente las mismas emociones y sí, se enamora. Es igual que el resto de soldados, solo que tiene una pierna menos. Esto explica a los niños por qué no debemos tratar de forma diferente a personas que, como el soldadito de plomo, tengan algún rasgo especial, diferente al resto.

La vida no es nada fácil: Sin duda, la vida no es un camino de rosas, y está repleta de obstáculos y contratiempos. Los niños se darán cuenta de todo esto según vayan madurando y creciendo, según ganen en autonomía e independencia. De pronto tendrán que aprender a resolver problemas y a superar dificultades.

Las dificultades se superan con esfuerzo, perseverancia y motivación: El soldadito de plomo tenía las tres cosas necesarias para salir del apuro en el que se encontraba tras caer por la ventana: esfuerzo, perseverancia y sobre todo, motivación, ya que el amor que sentía por la bailarina, le daba fuerzas para seguir luchando contra todos los enemigos que se le presentaban. Al final, cuando ya no pudo luchar más, encontró la recompensa a su esfuerzo.

El amor puede superar todos los obstáculos: Y cuando ya parece que el soldadito de plomo terminará sus días sin más, entre el fuego, recibe la visita de su amada, y terminan juntos, o empiezan juntos una nueva vida. Es lo que nos invita a pensar el cuento al terminar con ese corazón de plomo con la lentejuela de la bailarina. Sin duda, más allá de las creencias de cada cual, lo que sí es bien cierto es que el amor es la bayoneta más poderosa para luchar contra cualquier enemigo.

«Las dificultades se superan con esfuerzo, perseverancia y motivación»

 

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