Una pareja de ancianos vivía en una casita en el campo en un pueblo de Corea. Vivían muy tranquilos, apartados de todo. Y disfrutaban de los pequeños placeres cada día, como el de caminar entre los árboles o contemplar por la noche las estrellas.
Una noche, se sentaron junto a la ventana a degustar un delicioso plato de sopa y arroz. Pero de pronto escucharon un gran estruendo. Así que fueron a ver qué sucedía. Frente a su casa, un grupo de tokaebis se peleaba. Son monstruos pequeños pero muy traviesos, y sobre todo muy, muy cabezotas. Uno de los tokaebis, al ver a la pareja junto a la puerta, dijo al resto de compañeros:
– ¡Eh!, fijaros… ¿Qué harán estos dos en nuestras tierras?
El anciano, irritado, respondió:
– ¡Son nuestras tierras, no son vuestras! Llevamos aquí toda la vida, así que ya os estáis marchando por donde vinisteis.
– Oh, se atreve a insinuar que miento, compañeros. ¡Son nuestras tierras! Si alguien tiene que irse, seréis vosotros- Insistió el tokaebi.
– De eso nada. Son nuestras y aquí nos quedamos- contentó él.
El tokaebi, que era, como hemos dicho, muy cabezota, propuso al hombre un reto:
– Está bien, decidamos quién tiene razón con un acertijo. Te haré una pregunta y tú me harás una pregunta a mí. Si alguno de los dos no sabe la respuesta, habrá perdido.
El anciano, a regañadientes, tuvo que aceptar, porque esos monstruos le habían irritado mucho y estaba deseando librarse de ellos.
– Empezaré yo- dijo el tokaebi- Mi pregunta es la siguiente: ¿Cuántos vasos se necesitan para vaciar el mar?
El hombre, pensó durante un largo minuto y dijo:
– Todo depende del tamaño del vaso. Si el vaso es tan grande como el mar, bastará uno. Pero si por ejemplo es la mitad que el mar, necesitaremos dos…
El tokaebi, asombrado, no pudo más que aceptar esa ingeniosa respuesta, muy a su pesar.
– Me toca a mí- dijo entonces el anciano.
Entonces, avanzó un paso, de forma que un pie quedaba fuera de la casa y el otro, dentro.
– ¿Estoy entrando o saliendo?– preguntó el hombre.
– ¡Esa es una pregunta trampa! ¡Es imposible de saber!- respondió enfadado el tokaebi- No lo sé, no lo sé.
Y así es cómo el hombre consiguió vencer al fastidioso tokaebi. Los monstruos se fueron para no volver jamás. Y los ancianos siguieron degustando su deliciosa sopa de arroz.
Más vale maña que fuerza. Nada como el ingenio para conseguir nuestras metas. Pero este cuento también nos habla de calma ante la provocación y control de emociones como la ira. La verdadera fuerza está en la calma, la inteligencia y el respeto.
La sabiduría frente a la fuerza. La inteligencia y la reflexión valen más que la confrontación o la violencia. El cuento del granjero y el tokaebi muestra cómo el anciano, en lugar de recurrir a la fuerza para enfrentar a los tokaebis, utiliza la astucia mediante la serenidad. En la tradición coreana (y en general en la filosofía oriental), se valora mucho el uso del ingenio sobre la agresión: vencer sin pelear. El anciano gana el reto no porque sea más poderoso, sino porque piensa con lógica y sentido común, desarmando al monstruo con su respuesta.
Mantener la calma ante lo desconocido o la injusticia, nos ayuda a vencer. Los ancianos viven en armonía, disfrutando de lo sencillo. Su paz se ve alterada por una irrupción externa, en este caso, por los tokaebis, pero el anciano logra restablecer el equilibrio, y lo hace con serenidad e inteligencia. Y es que los momentos de paz se construyen y defienden con actitud, no con fuerza. La serenidad, sin duda, es una forma de sabiduría.
«En la vida cotidiana, los conflictos se resuelven mejor con serenidad y razón que con impulsividad o agresividad.»

