La almohada maravillosa.

por chamlaty

Llegó un día un anciano y sabio sacerdote a una humilde posada. Al entrar en el salón, extendió su esterilla y se sentó.

Poco después llegó un joven agricultor. Vestía un traje corto y parecía algo cansado. El sacerdote le invitó a sentarse en su esterilla y comenzaron a hablar. Al cabo de un rato, el joven le confesó un gran pesar que le atormentaba:

– No soy feliz. Me siento terriblemente desgraciado.

– Pero, ¿por qué?- preguntó extrañado el sacerdote- Yo te veo joven, sano y lleno de vida. Además, tienes trabajo.

– Sí, pero todo lo que gano lo invierto en subsistir, sin más. No puedo ahorrar, no puedo prosperar. Me encantaría tener mucho dinero, ser rico, y poderoso. Así podría descansar más a menudo y trabajar menos.

– Ya veo…

El sacerdote no dijo más. Y con el silencio, al joven le entró sueño, justo cuando el posadero comenzó a cocinar unas gachas para la cena. El sacerdote sacó de su bolsa una extraña almohada. Era de porcelana y cilíndrica, con aberturas a ambos lados.

– Toma, utiliza mi almohada, y tal vez se hagan realidad tus sueños… – dijo de forma misteriosa el anciano.

El joven aceptó. Nada más apoyar la cabeza sobre la almohada, comenzó a soñar. Y vio que por una de esas aberturas de la almohada, que se habían hecho muy grandes, salía luz. Entró por la abertura y se vio a sí mismo en su casa, junto a una hermosa doncella.

Comenzó a ganar más dinero y decidió estudiar magistratura. Aprobó el examen y prosperó. El rey un día decidió nombrarle primer ministro. Todo era perfecto: tenía dinero, poder, reputación. Sin embargo, alguien cercano al rey le traicionó. La envidia le llevó a inventar una mentira sobre él y el rey lo creyó.

Fue juzgado y aún sin pruebas, condenado a muerte. Vio cómo era conducido a la horca por un siniestro pasillo. Y justo cuando el verdugo se disponía a colocar la soga en su cuello, se despertó sobresaltado y envuelto en sudor frío.

El joven miró aterrado al anciano. Vio que sobre la mesa el posadero había servido dos platos con gachas. Se levantó, comió en silencio y después, haciendo una reverencia, dijo al anciano:

– Gracias por la gran lección que me diste. Ahora volveré al trabajo. Al fin y al cabo, no tengo una vida tan mala.

Se retiró contento, porque ya no se sentía tan miserable como antes.

No todo lo que deseamos nos hará felices. La felicidad consiste en valorar lo que tenemos y aprender a disfrutar de todo ello.

¿Realmente necesitamos todo lo que deseamos?

La insatisfacción nace más del deseo que de la realidad El joven no es infeliz por su situación objetiva, ya que tiene salud, trabajo y juventud, sino por lo que cree que le falta. Su sufrimiento surge de comparar su vida con un ideal de riqueza y poder. El cuento muestra que la infelicidad no siempre procede de la carencia real, sino del deseo desmedido y de la percepción subjetiva de la propia vida.

La riqueza y el poder no garantizan la felicidad. En el sueño, el joven alcanza todo lo que anhelaba: dinero, prestigio, poder político y una vida cómoda. Sin embargo, lejos de traerle paz, esa nueva posición lo expone a la envidia, la traición y el miedo, hasta conducirlo a la muerte.

El éxito externo no asegura bienestar interior y, a menudo, trae nuevos peligros y preocupaciones.

«La felicidad puede estar en las cosas simples: el trabajo, la comida, el descanso y la tranquilidad.»

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